martes, 29 de diciembre de 2009

La noche infernal,un relato de la vida real.



Autor:Ramiro Sánchez Navarro.
Por entre la hilera de verdes y frondosos saúcos, que servían de cerca y de línea divisoria entre el patio de la casa familiar y el huerto, el sol de la tarde iba lentamente descendiendo tras el cerro San Cristóbal, que se erguía sobre el caserío de Saucha. Su luz amarillenta ingresaba a raudales por la puerta de madera, de una sola hoja, hacia el interior de la semioscura sala dormitorio. Aquella luz dorada, cada vez avanzaba más y más sobre el piso húmedo, de tierra apisonada y se proyectaba sobre la pared de tapial.
En aquellos momentos me ocupaba en limpiar y ordenar una ruma de libros y cuadernos usados sobre la única mesa de madera, que reposaba cerca de la pared, y que con frecuencia lo utilizaba como escritorio. Mi madre, con su habitual silencio, permanecía sentada en el umbral de la puerta, desde donde podía ver el trajinar de los viandantes, que transitaban el viejo camino de herradura, el cual pasaba por encima del patio casero. Ella hilaba un guango de lana de oveja, valiéndose de la rueca y del uso.
De pronto, las ruidosas pisadas de los llanques de mi hermano Jaime y de mi primo Marcos, descendiendo velozmente por las gradas de tierra hacia el corredor, me llamaron súbitamente la atención. Alcé la mirada y advertí que los recién llegados se habían detenido delante de ella para saludarla con un “buenas tardes mamá” y un “buenas tardes tía”,respectivamente y que fueron respondidos con un solo “buenas tardes”, a secas.
En nuestra sala – dormitorio estreché la mano de mi hermano, que había ingresado primero, abrazándolo en seguida. Lo propio hice con mi primo. Me causó mucha alegría verlos a los dos tras un buen tiempo de ausencia. Mi hermano Jaime casi no vivía en casa con nosotros, pues había cogido la costumbre de pasar dos o tres meses en la casa de algún pariente o amistad, donde les ayudaba en sus actividades a cambio únicamente del sustento diario y del hospedaje, lo que nos preocupaba mucho. Casi siempre solía pasar largas temporadas en el hogar de tía Alicia, la hermana menor de mi madre. Como es de suponer, los familiares y las amistades lo acogían muy bien por el servicio que les prestaba en el barbecho de las chacras, en la cosecha de papas, en el pastoreo del rebaño de ovejas, en el arrieraje, en fin.
Después de haber permanecido algunos meses con tío Antolín y tía Alicia ,que eran marido y mujer, ahora mi hermano andariesgo se había ido a vivir en casa de tío Julio, el hermano mayor de mi padre.
En esta ocasión, cuando retornó a nuestra morada pensamos por algunos momentos que por fin se reincorporaba el seno del hogar, pero nos habíamos equivocado, pues no tardó en manifestarnos que él estaba de pasada, transitorio, porque venía a comprar una acémila para el acarreo de papas, que tío Julio lo estaba requiriendo con urgencia ante la inminente cosecha en Quinahuayco, de donde debería ser transportado a Longotea.
- Hemos venido únicamente a comprar un caballo para que nos ayude en el acarreo de las papas, pronto habrá saca de papas en Quinahuayco y para eso lo queremos. En Longotea no hay bestias para comprar. Mi tío Julio nos ha dado la plata para comprarlo.
Mi madre, que escuchaba atentamente, lo que Jaime nos decía se animó a informarle de la venta de un caballo:
- Tu tío Bernabé está queriendo vender su caballo blanco. Estaría bien que fueran a verlo después de merendar.
- Vamos ahorita mismo a verlo.- Le pidió Marcos a Jaime.
- Primero coman y después se van.- exclamó categórica doña Luisa, nuestra mamá, al tiempo que se ponía de pie para encaminarse hacia la cocina – comedor. Nosotros, fuimos tras de ella, ingresamos todos juntos. Allí nos aguardaba un perol repleto de papas cocidas con cáscara y todo, mezclado con ocas, mashuas y ollucos. La vasija metálica descansaba sobre las tres piedras del fogón, llamado Tullparumi. En una olleta de aluminio, que se apoyaba en el borde del perol, y que compartía el mismo fogón, contenía un suculento caldo de huevos.
Como apenas terminaron de comer ambos enrumbaron a la casa de tío Bernabé. Al poco rato retornaron con la noticia de que sí quería vender su caballo, pero que tenían que ir a traerlo de La Quichua, de su chacra que le servía de potrero y que estaba al lado del camino de herradura, que nos conducía al valle de Púsac.
Al día siguiente, a eso de la una de la tarde, la compra venta del caballo blanco se había concretado. Ahora estaba en el patio de la casa piafando y meneando su cola, de vez en cuando, para ahuyentar a las moscas. Jaime procedió a ensillarlo y cuando terminó dicha operación, pensé que iban a partir, pero de pronto él y Marcos ingresaron a la sala – dormitorio, donde me encontraba, para pedirme que los acompañara a Longotea. La verdad que no deseaba viajar a ninguna parte y mucho menos a ese pueblo, a donde fui la primera vez cuando apenas contaba con 6 años de edad. En aquella ocasión, acompañé a mi madre a la fiesta patronal, en honor de la Virgen del Carmen, cuyo día central era el 16 de julio, y en la que mi tío Julio ofició de mayordomo. Recordaba haberlo pasado muy mal, porque los chicharrones de chancho, me habían provocado vómitos y aflojado el estómago en toda una noche y como dormía en la segunda planta de la casona , la escalera de maguey, que nos comunicaba, amaneció salpicada.
En aquel entonces, Marcos, que era de mi edad , me acompañaba en mis andanzas por la plaza de armas. Para ser franco su compañía me había resultado ingrata, porque a cada momento me encaraba las propinas que su hermano mayor, Salvador, nos daba a mi y a él y con las que comprábamos caramelos de perita. “El es mi hermano, de ti no es, no tiene porqué darte propina. Tú no eres su hermano, yo si”, me echaba sermón a cada momento. Por eso me sentí muy alegre el día en que partimos de retorno a casa. Nuestro jumento retornaba con muy buena carga, de panes, bizcochos, tamales, chancaca y otras cosas más, no pudiendo ir sobre sus lomos.
A los 6 años de edad, la caminata me resultaba bastante pesada, porque los senderos intrincados de nuestra serranía, que subían y bajaban cerros, me resultaban fatigantes y agotadores. Casi siempre me retrasaba y entonces mi madre me echaba palo para aligerar el paso, "soltar la manea”, como ella solía decir. La vida de la sierra era dura.
Para suerte mía, cuando ascendíamos la cuesta de Llihuín hacia el caserío de Puémbol, nuestro amigo Juan Salazar Torres, joven de 16 años, nos dio alcance. Venía cabalgando un hermoso caballo bayo. Al verme que caminaba penosamente con mis pies descalzos, por las molestias que me ocasionaban las ojotas, me echó al anca de su cabalgadura y así proseguimos el viaje hasta Saucha, donde el camino desciende hasta el pueblo de Uchucmarca. A media bajada Juan me apeó de su caballo porque él estaba próximo para llegar a su casa, donde vivía con sus padres y hermanos.
II
De tantos ruegos y súplicas, al fin me animé a acompañarlos y así, aquel día, en horas de la tarde, partimos de casa. Marcos y Jaime iban adelante charlando y parloteando, dejándonos rezagados a mi y a mi cabalgadura. Después de cuatro horas de caminar a lo largo del quebradizo sendero, habíamos dejado atrás la fila de Saucha, desde donde podíamos columbrar al pueblo de Uchucmarca, en panorámica vista, al fondo de un valle, circundado por grandes cerros. El pueblo se divisaba con sus abigarrados techos de calamina plateada, refulgentes al sol, con sus tejas rojas y sus plomizos techos de paja.
Al descender aquella cumbre, de pronto había surgido ante nuestros ojos el valle de Chitapampa, atravesado por el camino real y con sus chacras esparcidas a lo largo y ancho, que parecían remiendos. La loma de Puémbol nos permitía espectar el valle de Llihuín, estrecho y encajonado entre dos cerros y por donde discurrían las aguas del río de igual nombre.
Después de vadear el río Llihuín nos esperaban las rijosas faldas del cerro Santa Polonia, por donde ascendía el camino ,que algunas veces se perdía entre los pequeños promontorios de la ladera hasta que por fin, todo sudorosos, ya nos encontrábamos arriba, en su cima.
Desde allí se desciende a Longotea. El pueblo, ubicado en una quebrada, se comunica por un abrupto camino, con notables altibajos, que nos obligaba a transitar por él con sumo cuidado.
Al fin arribamos a la casa de tío Julio, que inicialmente había sido propiedad de mis abuelos paternos.
La encontramos solitaria. Al día siguiente de nuestro arribo, Jaime partió a Shucushconga, una zona montañosa, a dos horas de viaje. Allí estaban temporalmente radicando tío Julio con su esposa, tía Alfonsina, y sus menores hijos.
Ya sin la compañía de Jaime, Marcos y yo nos pasamos dos días en la casa de Longotea. Mientras mi vida transcurría en casa de Abisaj, hermana mayor de Marcos, éste había partido igualmente a Shucuhconga, de donde retornó con una docena de mulas, las que pernoctaron en el patio, espacioso y cubierto de verde grama. Allí las cuadrúpedos se entretenían mordiendo las hierbas y ramoneando los arbustos.
En la Sierra y en la Selva la mayor preocupación para los viajeros es la lluvia, la cual cae generalmente en la tarde. Conciente de esta situación y tomando en cuenta que carecíamos de ponchos de jebe ,o plásticos, para cubrirnos del aguacero, le pedí a Marcos, que partiéramos temprano a Quinahuayco, donde nos aguardaba la cosecha de papas, las que debíamos transportar hasta la casa de Longotea sobre los lomos de las doce mulas y del caballo blanco.
Un día antes de la partida y cuando las sombras nocturnas cubrían el pueblo de Longotea, le puse de manifiesto mi preocupación, mientras cenábamos en la cocina.
- Sería bueno que mañana nos fuéramos a Quinahuayco, pero a eso de las diez para llegar temprano, porque más tarde puede llover.
- El que es hombre anda a cualquier hora. Tú eres un dañao, una maleta.Tú no sirves para estas cosas.
Me quedé callado, pensando en las inconveniencias de viajar en la tarde, ya que ni yo ni el caballo blanco conocíamos bien el camino que nos conducía de Longotea a Quinahuayco.
Me preocupaba además la temeridad e imprudencia de mi primo Marcos, que andaban parejos con las de mi hermano Jaime. En más de una ocasión los había visto a los dos viajar a cualquier parte durante la noche. Como buenos jinetes ,que eran, ellos partían a cualquier hora de la noche, montados en pelo, hacia Chivane o La Quichua, por caminos ásperos, plagados de altibajos.
Cuando llegó el día de la partida hacia Quinahuayco, un tanto irritado le dije a Marcos:
- Vamos temprano. Nos puede coger el aguacero en el camino.
- El que es hombre anda a cualquier hora.-fue su contundente respuesta.
No encontré la forma de persuadirlo y de convencerlo. La mañana se nos fue rápido. Pues harto trabajoso resultó reunir todo los áperos para las mulas, así como disponer de costales y sogas, reatas. A esta dificultad se sumó la demora para la cocción de nuestra alimentos, pues debido a que la leña no estaba del todo seca, el ollón de papas con cáscara, ocas, mashuas y ollucos, tardaron más de la cuenta en cocinarse. Cuando nos dispusimos a comer, el sol había comenzado a descender. Eran ya las tres de la tarde. Ante mis ojos los cerros lontanos aparecían casi oscuros y sombríos. Entonces me sentí sobrecogido por un vago temor.
Después de tantos ajetreos y preocupaciónes, al fin dejamos la casa de tío Julio, abandonamos Longotea con rumbo a Quinahuayco. Delante de mí iba Marcos montado sobre el aparejo de una mula briosa. Poco a poco fuimos dejando atrás al pueblo, que estaba silente. Como apenas lo habíamos dejado, enrumbamos por el camino de herradura, que como una cinta, discurría entre los arbustos y peñascos. Lo que tanto había temido llegó: la lluvia,acompañado de un fuerte viento. A medida que ascendíamos la larga cuesta el aguacero se tornaba más persistente. Después de media hora de cabalgar cuesta arriba, la lluvia caía con más fuerza y en forma permanente. De nada nos sirvieron los ponchos de lana, porque pronto fueron traspasados por el agua de lluvia. Se nos mojaron las espaldas y las posaderas y para colmo de males, los cascos delanteros de mi caballo no se afirmaban bien en el jabonoso camino y por este motivo con relativa frecuencia se resbalaban, poniéndolo de hinojos. Pero el noble bruto de inmediato se reponía, poniéndose en pie. El problema mayor era para Marcos, porque las mulas se apartaban del camino y se dispersaban por los campos, como verdaderos animales salvajes. Pero Marcos, que parecía un centauro, cabalgando una de ellas. A galope las atajaba, les echaba rebenque y les obligaba a retornar al camino. Al presenciar este triste y enojoso espectáculo, en medio de la lluvia, acompañada de rayos y truenos, no me quedaba más que admirar su coraje, su increíble sangre fría y su condición de habilísimo jinete, comparado únicamente con los Pieles Rojas de Estados Unidos. Era un cuadro verdaderamente dantesco. Tras penoso ascenso por el resbaladizo sendero, retomamos el camino carretero en el cerro Colpacucho hacia Quilcaypirca, por donde se habría paso como un espacioso camino de herradura. Debido al derrocamiento del arquitecto Fernando Belaúnde Terry el 03 de octubre de 1968, esta carretera de penetración a la Selva había quedado trunca. Después de un largo recorrido por esta senda carrozable, nos apartamos de ella para continuar por el camino de herradura, que nos conducía a Quinahuayco.
En medio de un implacable aguacero, que nos caía inmisericorde descendimos hacia una hondonada por un camino, plagado de huecos, donde el agua encharcada salpicaba en todas direcciones cuando el tropel de mulas metían bruscamente los cascos en ellos.
Cuando llegamos al final de la quebrada, nos aguardaba una larga pendiente, donde el camino era apenas visible. Ascendimos aquella cuesta con la lluvia que por nada se alejaba y que ahora arreciaba con ímpetu, acompañada de retumbantes truenos, que nos daba la fugaz impresión de que los cielos se estaban abriendo o en su defecto las montañas se estaban viniendo abajo, en medio de broncos rumores. De rato en rato, los relámpagos iluminaban todo el tétrico escenario con su luz fulgurante. Por la ríspida ladera, el agua de lluvia corría cuesta abajo, formando muchos riachuelos.
El solo pensar en que la noche nos podía coger en aquella inhóspita puna, nos obligaba a acelerar la marcha. Para fortuna nuestra la recua de mulas avanzaban sin romper filas. Cuando al fin coronamos la cima de aquella colosal montaña, ante nuestros ojos surgió un nuevo escenario, una gran altipampa, conocida como “Pampa de la Ciénega”, que ostentaba una laguna, de agua iridiscentes y espumantes, con muchos pájaros lic – lic y guachuas en sus orillas. De aquella pampa hacia Quinahuayco ya no distaba mucho. Las mulas sabedoras que se aproximaban hacia su destino final, iban corriendo a galope tendido. Una vez más admiré la destreza de mi primo Marcos, que montaba la mula aparejada y no se caía. Me pareció que jinete y mula eran una sola cosa. Marcos cada vez se distanciaba más y más de mi y de mi cabalgadura. Agitando en el aire, la larga rienda de cuero de vaca, lo vi que se ocultaba tras de una ladera, al terminar la llanura altiplánica. Iba cantando, sumamente contento y sin hacer caso de mis súplicas, que a voz en cuello, le pedía que me aguardara, porque ambos, es decir tanto yo como el caballo que montaba, no conocíamos el camino.
Con mucha dificultad y en medio de la densa niebla, que no permitía ver, llegué a la última quebrada, por donde el río Quinahuayco, tributario del Marañón, discurría cantarino. Con un par de rebencazos, que le propiné al caballo sobre las ancas, se animó a vadearlo. La noche, con su oscuro manto, nos caía de golpe, como si fuera una pesada loza. Como apenas logré pasarlo, de pronto escuché un sordo ruido que se aproximaba. No habían pasado ni dos minutos cuando una gran creciente surgió como si fuera una criatura monstruosa, llevando a su paso palos, piedras, troncos, etc. El agua cristalina estaba ahora turbia, oscura, a causa de los desmontes. El río se mostraba furioso, como león acosado, y no permitía paso alguno.
Me quedé estupefacto al pensar en que si me demoraba en cruzarlo dos o tres minutos más, no hubiera vivido para contarlo. Yo y mi caballo habríamos encontrado una tumba indeseable en aquellas aguas turbulentas e inmundas. Felizmente Dios no lo quiso.
De esta última quebrada a la casa de Marcos ya no distaba más que medio kilómetro.
Sin embargo salvar esta distancia significó para mí un verdadero vía crucis. La noche había caído de golpe. En todas partes la negrura se acentuaba con la densa niebla y el cielo encapotado, que no permitía reconocer el camino. Por todos lados nos cercaba la noche y el ruido sordo del río, que parecía bramar como toro bravo. Las luciérnagas, a los que llamamos ninacuros (gusanos de fuego) sobrevolaban a nuestro alrededor con sus característicos zumbidos. Lástima que sus luces no nos servían de faros orientadores. A la oscuridad e impenetrabilidad de la noche, ahora se había sumado la imposibilidad de continuar montando en el caballo, que estaba desorientado como yo ,y que debido al terreno deleznable y cenagoso, a menudo hundía los cascos para sacarlos con mucha dificultad.
Una suerte similar también experimentaba. Pues las botas de soldado, hechas de cuero y que las había comprado en Trujillo, estaban mojadas y cubiertas de barro, lo cual las tornaba más pesadas que nunca.
El poncho de lana de oveja y la ropa con que me cubría el cuerpo permanecían igualmente mojados, empapados en agua de lluvia y por lo tanto habían incrementado considerablemente sus pesos. El frío de la puna entumecía mis huesos y mis manos agarrotadas por el frío, con dificultad cogían la rienda del caballo, con la que los sujetaba del cuello y lo conducía por aquel andurrial.
En la lobreguez de aquella noche tormentosa comencé a desplazarme a tientas, caminando con suma dificultad y como si fuera un robot. A menudo tropezaba con las cercas de piedra, llamadas pircas, con las que los agricultores de ese lugar, protegían sus chacras, cultivadas con papas y otros tubérculos.
Por un largo rato, escuché la incesante y angustiosa llamada de Marcos a su hermana Florentina. Sus gritos sólo encontraban la repetición prolongada de los ecos, así como el sordo murmullo de las aguas del río Quinahuayco.
La alegría de Marcos, canturriando huaynitos de nuestro folclor nacional, se había convertido en amargura y decepción. Florentina, que no sabía de nuestro viaje, por las tardes abandonaba el cuidado de la casa para ir a dormir en la casa de su tía Robertina, que estaba rodeada de verdes y coposos saúcos y a dos cuadras más allá, sobre la ladera de un pequeño cerro, por donde el camino trepaba con destino al pueblo de Uchucmarca. Muy cerca de la casa de Marcos pasaba un riachuelo que con las lluvias torrenciales, se fue convirtiendo en un rumoroso e insalvable río. Mas, suponiendo que Florentina hubiera escuchado los llamados de su hermano Marcos, no le hubiera sido posible retornar a casa, debido a la crecida del riachuelo, ahora convertido en un torrentoso río, a la impenetrabilidad de la noche, pero a estos dos inconvenientes, que se alzaban como altísimas murallas, difíciles de ser salvadas, estaban ya de por sí el rumor estridente del río, que tornaban inaudibles las voces de Marcos llamándola, y que como un rugiente puma discurría por la quebrada, mientras ella , con toda probabilidad, dormía. El sueño lo había transportado a otras regiones placenteras, alejándola de la dramática realidad del presente.
En medio de la noche oscura deambulaba de un lado para otro. Cuando creía haber encontrado el camino, súbitamente iba a dar con una cerca de piedras o una zanja. Así estaba por espacio de tres horas aproximadamente. De pronto, cuando menos lo pensaba, me fui acercando hacia unos bultos negros, que se movían. El caballo blanco que lo conducía, halado de la soga, de pronto se animó a dar un resoplido, parándose bruscamente, con el cuello alzado, las orejas en punta y en estado de alerta, que fue imitando por los bultos, que eran las mulas de Marcos. Luego de ello, caballo y mulas se reconocieron y la situación se normalizó.
Al fin habíamos llegado a nuestro destino. Pero allí nos aguardaba el tormento de no poder dormir en una buena cama. La sala, dormitorio y la cocina se mantenían herméticamente cerrados para nosotros. Las puertas aseguradas con sendos candados, no las podíamos abrir. Solo nos quedaba el terrado, donde no había cama alguna ni cosa por el estilo y el corredor, donde el viento frígido soplaba de rato en rato. Después de las agrias recriminaciones a Marcos, por no haberme esperado para llegar juntos y las consiguientes disculpas de él, subimos al altozano, a donde había trasladado los aparejos y las caronas de las mulas, así como las sogas y costales. Allí también fueron a dar las caronas, la silla de montar y la soga del caballo blanco. Procedimos a colocar las caronas mojadas, pero aún calientes, las que colocamos sobre el piso de tierra apisonada del terrado, a modo de colchones y almohadas. Luego Marcos se metió en un costal húmedo, lo propio hice yo y por frazadas tomamos las caronas y costales restantes. El frío de la noche, que arreciaba, con un viento helado, y que lograba introducirse por las hendiduras de la puerta, así como por la humedad de nuestras ropas mojadas y de nuestros camastros, no nos permitieron conciliar el sueño.
Fue una noche torturante y de vigilia, que me hizo lamentar el haber venido al mundo de los vivos. Del infierno que para mi había representado caminar en medio de la noche oscura y lóbrega, ahora continuaba mi martirio en el purgatorio, que era precisamente intentar dormir con la ropa mojada, la cama húmeda y fría, así como la frialdad misma de la noche.
No veía las horas del amanecer de un nuevo día. Me pareció que éste había llegado con mucha lentitud, cuando al fin escuchamos el canto melodioso de los pajarillos, nos levantamos presurosos. Marcos se calzó los llanques de llanta de carro y yo las pesadas botas, que estaban llenas de barro, irreconocibles. Luego de limpiarlas me las puse y eché a correr por la pampa para entrar en calor.
Tras una noche borrascosa y de tormenta, apareció el nuevo día con un cielo radiante, despejado. En la inmensa bóveda azul celeste, una que otra nubecilla era escarmenada por el viento. Los gorriones volaban de rama en rama y las aguas del Quinahuayco habían disminuido su caudal. Con el poncho húmedo sobre el hombro partí de allí, dejando a Marcos en el corredor de su casa, a donde ya llegaban los primeros rayos del sol. Dos horas y media más tarde, recorriendo el camino de Quinahuayco, que pasa por la pampa de Huampatén y desciende por Chilcahuayco y Pualán, arribé al pueblo de Uchucmarca, al hogar de mi dulce ensoñación, donde mi buena mamá preparaba el desayuno, un rico caldillo de huevos de gallina, bien aderezados ,con papas cocidas con cáscara y todo, ollucos, mashuas y ocas, carne de chancho y un agradable café caliente, con cachangas fritas y doradas con manteca de cerdo..
Mi odisea había terminado y después de encontrarme en el purgatorio y en el infierno expiando mis pecados aquella horrorosa noche ahora ya podía sentirme en la gloria.
Lima, jueves 10 de enero del 2008
Foto: el protagonista del relato en la cálida ciudad de Bagua,Departamento de Amazonas,Perú.Posa para el recuerdo en compañia de dos damas del lugar.
NOTA.- Uchucmarca y Longotea son distritos de la Provincia de Bolívar,Departamento de La Libertad,República del Perú.

1 comentario:

María Alejandra dijo...

Mi mas cordiales saludos al creador de este Blog, Mi Nombre es María Alejandra De Lama Capuñay y Soy estudiante de la EAP TURISMO UNT, mi grupo y yo nos encontramos haciendo un INVENTARIO DE RECURSOS TURÍSTICOS DE UCHUMARCA, que será finalmente presentado en un WORKSHOP "MUESTRAS ARQUEOLOGÍCAS Y TURÍSTICAS DE LA LIBERTAD" a llevarse a cabo el dia Jueves 6 de Mayo de 2010.

Mi correo electronico es: Madelay_2205@hotmail.com y espero podamos establecer comunicación, pues sus aportes serían vitales para el desarrollo de este trabajo. Muchas gracias