sábado, 30 de enero de 2010

Harás un viaje largo,un relato de la vida real.


Autor:Ramiro Sánchez Navarro
A eso de las dos de la mañana, en que casi toda la población limeña se entregaba al placentero descanso, don Tefo me comenzó a llamar por mi nombre. Su voz, grave y severa, trasuntaba un gran resentimiento y enojo hacía mi.Me encontraba dominado por el sueño a causa del cansancio y la fatiga del rudo trabajo de aquel día. Por este motivo, sus intermitentes llamadas, profiriendo mi nombre, con gran amargura y desazón, me parecieron poco audibles, como si fueran voces lejanas, traídas hacía mi camastro por algún viento misterioso. Aquellas llamadas, que las consideraba impertinentes, comenzaron a martillar mi cerebro de rato en rato; inicialmente no les presté la atención e importancia debidas; de a pocos subían de tono y al fin lograron despertarme del todo. Un repentino temor se fue apoderando de mi, cuando en aquellos momentos recordé lo que su cuñada Felicita, esposa de su hermano Gilberto, me había dicho una semana antes: “no te confíes mucho del Tefo. Qué rato te va a botar de sus casa. El tiene esa costumbre. A su hermana Alejandrina lo ha botado y a otras personas también"... "No creo que me bote”, le argüía y añadía:- “me llevo bien con él y con su señora”, a lo que ella me replicaba: “bueno, yo te digo nomás que vayas buscando tu cuarto”. Ya te acordarás de lo que te estoy diciendo...”
Don Tefo seguía insistentemente mascullando mi nombre, poniéndome en grandes aprietos. Después de largas vacilaciones me decidí a contestarle.
- Si, don Tefo, ¿me llama? – vanamente me esforzaba en aparentar serenidad y calma, mi voz delataba el temor que de pronto me había cogido.
- Si, si te estoy llamando desde hace rato y tu no querías hacerme caso. Te llamo para decirte que mañana vas a hacer un viaje largo.
- ¿Viaje largo?- exclamé desconcertado y añadí:- ¿a dónde piensa enviarme? Porque yo no he pensado viajar todavía. No tengo dinero para regresarme a Uchucmarca.
- Mañana quiero que te largues de mi casa. No deseo verte más por aquí. Ese es el viaje largo que harás...- me respondió con la voz áspera y tajante. No supe qué contestarle. Pero al fin, recobrando un poco la calma, me animé a decirle:
- Ya, está bien. Mañana haré ese viaje largo. Por ahora lo único que le pido es que me deje dormir.
Entonces cesó de llamarme y todo a mi contorno quedó en silencio por largo rato. Esta desagradable noticia, cual baldazo de agua fría, me había cogido de improviso y, por el resto de la noche, me quitó las ganas de seguir soñando. Aunque aparentaba dormir, lo cierto era que estaba pensando, todo el tiempo, en una loca y desenfrenada obsesión sobre la forma en que llegaría a resolver mi problema de vivienda y de trabajo. ¿Adónde ir? Mi situación era muy crítica aquel 1977, año crucial, que marcó mi existencia de paria. Aquel año llegué a Lima en busca de mejores horizontes, acariciando la idea de un buen trabajo que me permitiera vivir con cierto decoro y pudiera al fin realizar mis sueños de ser todo un profesional. Pero, vaya qué decepción! Desde el momento mismo en que arribé “a la ciudad de mi adorado sueño”, como rezan las letras de la canción “El Provinciano”, la situación se me presentaba peliaguda y muy complicada. Sólo conseguía trabajos esporádicos en el pintado de casas, cuyas paredes les pasaba una mano y otra de pintura. Pintor de brocha gorda, de brocha grande, como decíamos; o como ayudante en construcción civil, en donde mi labor era preparar la “mezcla” de arena, cemento y agua para unir los ladrillos, con las que se formaban las paredes, que levantaban los maestros albañiles; armar columnas con las varillas de fierro, adquiridas en alguna ferretería; abrir zanjas para cimientos a golpe de pico y barreta, y después, todo sudorosos, ir botando a los costados de aquellas aberturas la tierra removida, con la ayuda de una palana, hasta que las mismas formaban largos montículos.
Me obsesionaba la idea de no saber adónde ir. Sin dinero en el bolsillo era obvio que no era posible alquilarme un cuarto. Meditaba sobre este asunto cuando aquella noche, testiga de mi peripecia, fue profanada en su silencio por la voz inquisidora de doña Lucrecia:
- Y ¿porqué ya pues lo botas de la casa?. ¿Qué mal te ha hecho? – le inquirió a su esposo, poniendo en clara evidencia su preocupación y pesar. Advertí que ella no estaba de acuerdo con él para que yo me fuera de su casa, arrojado como un ser despreciable ,como un perro zarrapastroso.
- Se ha portado mal. Me ha hecho quedar mal en el trabajo – exclamó secamente.
De nuevo el silencio se apoderó de la sala- comedor donde me pasaba las noches, la cual se hallaba artificialmente dividida con triplays, aislando el dormitorio del dueño, en cuya cama mullida, se pasaba meditando, cuando no encontraba trabajo como maestro en construcción civil. Por ser chamba esporádica y ocasional, las más de las veces, lo mantenía en zozobras económicas y doña Lucrecia se las ingeniaba de mil maneras para preparar el desayuno y el almuerzo, puesto que la cena ya casi no la conocíamos. Pues nos contentábamos con tomar un caldo de pescado y unos cuantos camotes cocidos con cáscara y todo.
Desde el día en que me alojé en su casa, pasé a ocupar todas las noches un ángulo de su sala, en cuyo piso de cemento tendía de largo a largo un polvoriento colchón de paja, que había puesto a mi disposición; sobre él quedaban tendidos mis huesos y todo mi torturado cuerpo. A la mañana siguiente, como si se tratara de un acto ritual, yo procedía a levantarlo cuidadosamente para recostarlo a la pared, previamente doblaba las dos frazadas, las cuales junto a la pequeña almohada, quedaban superpuestas ,reposando sobre una silla de madera. A corta distancia, los dueños de casa pasaban la noche, ocultos tras las paredes de triplay y de la floreada cortina de tela que tapaba la puerta del dormitorio.
Don Telésforo, a quien en términos amicales, como queda visto, le decíamos “don Tefo”, era un mestizo aindiado, de unos 50 años aproximadamente. De contextura delgada y estatura mediana, era parco en el hablar. Su mirada dura y recelosa hablaba ya de por si de la vida llena de dificultades y estrecheces económicas que llevaba a causa de los trabajos esporádicos en la construcción civil. Sólo una vez pude verlo en mi pueblo natal,Uchucmarca, cuando llegó de visita y se encontraba alojado en casa de su hermana Felipa, nuestra vecina.
Por aquel entonces, era yo apenas un niño, que no pensaba en viajes a la capital de la república y mucho menos en pedir favores a nadie. Me había tendido una mano cuando llegué a la ciudad de mi adorado sueño, pero al poco tiempo ya me estaba enviando de nuevo a la calle. Recordé, a propósito, como había llegado a Lima, en donde los parientes de mi madre se negaban a acogerme por sus casas, pues en cada provinciano pobre que llegaba a la capital en pos de la superación personal, ellos solamente alcanzaban a ver a un menesteroso más, que venía a quitarles la tranquilidad y “hacerles gasto” y los parientes de mi difunto padre tampoco se quedaban atrás. No se animaban a darme una posada, por idénticos motivos.
Cierta noche, cansado de dormir en la banca de algún parque o dentro de algún carro destartalado y abandonado a su suerte, en algún garaje del centro de Lima, quise darle un poco de comodidad a mi maltratado cuerpo, yendo a pernoctar en la casa de una tía solterona, a donde había llegado de visita, cuando apenas hube arribado a la gran urbe. Le toqué el timbre y su voz se dejó oír desde el interior de su sala, con el consabido “quién es”. Le respondí que era yo, su sobrino. Le di mi nombre y el motivo de mi visita. Me contestó desde adentro, que si quería dormir cómodamente, para eso no estaban disponibles los mullidos sillones de su sala – comedor, sino el hotel Sheraton, que allí cerca, a escasas cuadras se alzaba imponente, exhibiendo su moderna construcción, de muchos pisos. No me abrió su puerta y yo pasé una noche más a la intemperie. Fue así como intentando alojarme en la casa de un paisano y pariente de mi pueblo fui a dar en la casa de don Tefo, quién siempre se mostraba animoso cuando evocábamos a la “santa tierra”. Algunas tardes, cuando él regresaba a su casa después de realizar alguna visita a sus amistades, que eran mayormente sus colegas albañiles, adonde iba casi siempre en busca de chamba, me hablaba de su vida en Uchucmarca y de lo feliz que había sido allí, durante su niñez y juventud. Una de aquellas tardes, cuando el sol veraniego se iba ocultando de nuestras miradas, recibió la repentina visita de “Don Luis”, un contratista de obras, de aspecto bonachón y campechano, a quien trataba con todas las cortesías del caso, propias de un cortesano.
Don Tefo, lleno de curiosidad, le preguntó de cómo le iba con los “contratos”. Este le respondió que acababa de “sacar una nueva” por las Torres de Limatambo.
- Lo que es yo y Candelario – le dijo refiriéndose a mi – andamos sin trabajo ya por una semana.
- No hay problema. Les daré trabajo desde mañana lunes si lo desean. Tengo varios cuartos para tarrajear.
Aliviados suspiramos los dos. Al fin volvíamos a tener trabajo. Doña Lucrecia, una menuda y prieta mujer, cuya cabellera mostraba algunas hebras de plata, también se puso contenta y en el día indicado para laborar, se levantó muy de madrugada a preparar el desayuno, casi siempre una taza de té y dos panes con camote frito por persona.
Tras el frugal desayuno, desde nuestro punto de partida, ubicado en el cono norte, en el populoso distrito limeño de Comas, abordábamos un microbús que en una hora y pico nos transportaba hasta nuestro destino, las Torres de Limatambo. A las 7:30 de la mañana, cuando el astro del día comenzaba a desparramar sus luces amarillentas sobre la ciudad, que se iba despertando, dábamos comienzo al trabajo cotidiano. Las paredes interiores, construidas con ladrillos y afirmadas con aquella mezcla, de arena, cemento y agua, servían asimismo para embadurnarlas y encalarlas.
Tres maestros albañiles, provistos de garlopas y varillas de madera, se encargaban de alisar las paredes, en las que habían impregnado montones de argamasa de cemento y arena, las cuales previamente las mojaban rociando agua y en las que se habían hecho pequeños huecos a golpe de cincel, con el propósito de que la mezcla se impregnara a ella y luego, poco a poco irla extendiendo por el resto de la rugosa superficie con la ayuda de las garlopas de madera, de las espátulas de metal y las varillas de madera. Estas últimas que no solamente servían para contener la masa, si no para medir el grosor de la capa que se iría aplicando. Solamente yo, en calidad de ayudante, estaba encargado de proveerles de la susodicha mezcla, debiendo para ello, primero prepararla, valiéndome de un pico y una palana, para luego irla echando a una lata, de aquellas que se utilizan para guardar y transportar manteca o aceite; la echaba al hombro, totalmente llena y peldaño a peldaño iba subiendo las gradas de cemento, hasta el tercer piso, donde la depositaba en una larga batea de madera, de la que la tomaban para seguir embadurnando la pared. Proveer de dicha sustancia a los tres duchos albañiles, entre quienes se hallaba don Tefo, era para mi una tarea particularmente dura, que al final de la jornada, me dejaba agotado. La mezcla la acababan en un santiamén. Era ya para mi algo característico oír aquello de “mezcla, mezcla”, “rápido, rápido”.
Me pedían con cierta insolencia y majadería, sin tomar en cuenta lo duro y difícil que era abastecerlos. En tales circunstancias, más cómodo y fácil resultaba el tarrajeo que la preparación y acarreo de la mezcla. Lo ideal, siempre lo ideal, hubiera sido que uno de ellos me ayudara en mi penosa tarea. Mas, lo curioso del caso era que me tocaba realizar el trabajo más duro y difícil y a cambio recibía el jornal más bajo. El cuarto día de labor, cuando llegó la hora del almuerzo, automáticamente dejamos nuestras herramientas y cada quién recibió su ración de manos de la pensionista, quien nos traía el almuerzo ya preparado desde su domicilio. Al concluir, nos dispersábamos a descansar en algún lugar de aquel edificio, que parecía un esqueleto. En la última siesta ,me había quedado dormido. El maestro contratista, que supervisaba el trabajo, no me encontró realizando la tarea encomendada. Se puso a buscarme, y al cabo de unos instantes, me encontró dormitando. Apenas dio conmigo, me lanzó una reprimenda de padre y señor mío, acompañada de una mentada de madre:
- Así que aquí estás durmiendo todavía so concha e tu madre. Yo no te pago para que duermas ¡carajo! Rápido a trabajar! – me ordenó.
Bajé al patio del primer piso mal humorado y dolido por el maltrato. Allí comencé a preparar la mezcla. Don Luis, que bajó tras de mi, volvió a mentarme la madre y a recriminarme. Entonces indignado le respondí:
- Usted no tiene ningún derecho a insultarme. No soy su esclavo. Así que hasta aquí ha sido la buena y la mala con usted. Quiero que de una vez me pague mi trabajo. No estoy dispuesto a soportar sus insultos.
- No te atajo, no te retengo. Si tu quieres te vas!. Pero ahorita no tengo plata para pagarte. Los pagos son quincenales y toca pagar este viernes. Estamos todavía en el día miércoles.
- Entonces lo que usted me adeuda le da a don Tefo, porque yo ya no pienso venir por acá.
- Así se hará...
El maestro contratista se esforzaba por preparar la mezcla. Con la ayuda de la manguera, conectada a un caño de aquella construcción, rociaba el agua sobre el montón de arena y cemento y luego, haciendo huecos en él, con el pico y la palana, lo iba empapando todo en el líquido elemento. Contrariado por este enojoso incidente, y sin dinero en los bolsillos, subí al tercer piso para solicitarle mi pasaje de regreso a don Tefo, quién estaba al corriente de lo que me había sucedido. Me alcanzó justo el valor de un pasaje, sin hacer comentarios. Abordé el microbús, de regreso a su casa, aunque no propiamente a ella, sino a la Av. Túpac Amaru, de donde debía caminar 13 cuadras hacia arriba, como quien uno va yendo al cerro. Arribé a la casa de don Tefo a eso de las cuatro de la tarde. El sol estaba aún sobre aquel cerro. Encontré a doña Lucrecia en su patio externo, echando agua al suelo para asentar el polvo, que se levantaba al paso de algún vehículo.
- Han salido temprano!... y ¿dónde se ha quedado el Tefo? – me dijo a manera de saludo, llena de curiosidad e interés, sin esperar que yo le saludara primero.
- Se ha quedado todavía...
- Seguro, se han peleado. Algo ha ocurrido que te has venido antes de la hora de salida.
- No he peleado con nadie. Lo que pasa es que me siento mal. Me duele la cabeza y por ratos siento escalofríos, pero ya me está pasando- le contesté, distorsionando la verdad para aplacarla ante sus fundadas sospechas. Noté que no le hacían mayores efectos mis palabras. Por lo visto, doña Lucrecia seguía suponiendo que entre su esposo y yo se había suscitado un pleito en el trabajo. Me di cuenta que empezaba a indisponerse conmigo, lo cual me producía cierta incomodidad. En tales casos ya no debería entrar en su sala. Me quedé afuera y busqué una piedra, la cual hallé y en la que me senté para descansar. Mientras cavilaba, lamentando mi infortunio, la música de la casa contigua, subida de tono, irradiaba alegres y pegajosas cumbias colombianas, las cuales invitaban a bailar, disipando nubes de tristeza y amargura. De pronto, en la puerta de madera, de dos hojas, apareció don Valerio, hermano de padre de don Tefo. Al verme sólo y abandonado a mi suerte, me preguntó:
- Qué haces ahí solitario y al parecer triste. Ven a bailar, a divertirte, hombre.- Accediendo a su gentil invitación ingresé a su sala donde encontré a don Gilberto, otro de sus hermanos, pero de madre, así como a los invitados, libando cerveza animadamente. El dueño de casa me condujo directamente a su comedor, en donde la cocinera, una joven casadera y para mayores señas, sobrina suya, me sirvió ricos potajes, como son caldo de gallina, huevos y cancha, bistec con arroz, postre y gaseosa.
Saciado mi hambre les di las gracias al dueño y a la empleada de la cocina, luego fui a engrosar el círculo de los bebedores, quienes tenían delante de si una caja de cerveza, cuyas botellas, de una en una iban pasando de mano en mano acompañadas del vaso de cristal, hasta quedar vacías para luego coger otra y otra, hasta que las doce botellas de la caja quedaban vacías y abandonadas bajo las sillas o en los rincones de la sala.
Por tratarse del cumpleaños del dueño de casa, los invitados comenzaron a llegar a partir de las cinco de la tarde. A eso de las 6, en que el manto nocturno empezaba a cubrir a la gran urbe, don Tefo, se hizo igualmente presente. Fue invitado a pasar a la sala. No cabía la menor duda que nuestro anfitrión se sentía doblemente feliz, primero porque estaba festejando su cumpleaños, y segundo porque, él y su hermano Gilberto, se habían desplumado al pollón de la hípica. Habían ganado nada menos que 11 millones de soles, que en 1977 era muchísimo dinero, dando un gran vuelco a sus vidas, marcadas por las privaciones y miserias, convirtiéndolos en hombres prósperos, notables. Apenas me vio, don Tefo me puso mala cara y para remate tomó asiento en una silla, de tal modo que quedamos frente a frente y cara a cara. No faltaba ser adivino para saber que estaba muy disgustado conmigo. Al instante me quitaron las ganas de seguir conversando con los demás invitados y contertulios; entonces opté por retirarme. Me fui derecho a su sala, a tenderme la cama, donde me acosté a los pocos momentos. Me sentía contrariado y perplejo, porque no podía entender cómo este pariente y coterráneo mío le daba toda la razón a quien ciertamente nos había dado trabajo, lo cual no justificaba sus malos tratos. Me había mentado la madre, me había maltratado de palabra, no obstante haberme roto los lomos preparando la mezcla, cuando en cuya tarea no me daba abasto y por lo tanto, se requería de un ayudante más. Don Tefo era testigo de ello; pero había llegado a la triste conclusión que pudieron más sus intereses y su amistad con el contratista antes que la solidaridad conmigo. Seguro que para él yo debía ser un pobre diablo, sin dignidad ni cosa por el estilo y por lo tanto, sin derecho a reclamar nada. Le importaba un bledo mi existencia perruna y gatuna.
En consecuencia, no me hice acreedor a una llamada de atención, sino a un castigo mayor, que consistía en echarme de su casa y a quedarse con todo mi jornal. A tales razonamientos había llegado y un sentimiento de impotencia y de amargura se fue apoderando de todo mi ser.

Como mi suerte estaba echada, y no había vuelta que darle, apenas rayó el nuevo día, me puse de pie. Por última vez doblé el par de frazadas, y sobre ellas, una vez más puse la pequeña almohada, muda testiga de mis aflicciones; levanté el polvoriento colchón, arrimándolo a la pared con cuidado.
Mis escasas pertenencias, consistentes en una mudana o cambio de ropa, una toalla y un par de zapatillas; los metí a un costalillo, el cual eché a la espalda y dando las gracias a don Tefo y a su señora, abandoné aquella casa, de una sola planta, con ventanas de vidrio, que daban a la calle polvorienta.
Afuera, las arterias principales aún se mostraban desiertas. Sin mirar atrás aligeré el paso. Poco a poco me fue tragando aquella intrincada e inmensa selva de fierro y cemento, donde albergaba la esperanza de encontrar algún trabajo.
Nota.- Uchucmarca es un distrito de la provincia de Bolívar,Departamento de La Libertad,Perú.

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